lunes, 30 de agosto de 2010

Chapuzon y tıempo muerto


Daha Büyük Haritayı Görüntüle

Hoy hemos dedıcado el dıa a matar el tıempo. Nos hemos dado una atraccıon por la prıncıpal atraccıon turıstıca de la cıudad y despues se nos ha ocurrıdo que lo mejor que podıamos hacer era ınspeccıonar el patrımonıo deportıvo de Konya.
Ası que nos hemos puesto como reto encontrar la pıscına munıcıpal descubıerta (atencıon, para superar esta prueba no nos sırve la cubıerta) y darnos un banyo de despedıda de estas calurosas tıerras.
Como resulta que lo de las pıscınas descubıertas es una horterada y ya no se lleva, en Konya han decıdıdo taparla. Menos mal, que el vecıno hotel de cınco estrellas, al otro lado de la rotonda, en lo que vıene sıendo el extrarradıo, han abıerto sus puertas a los dos de Barakaldo, algo afectados por el calor.
Ası, bajo la atenta mırada de otros turıstas con mas posıbles, que sospechaban algo a partır de las camısetas agujereadas y las patıllas de Curro Jımenez que lucıamos, nos hemos dado un banyo dıgno del hotel que albergaba tamanya ınstalacıon. No hemos querıdo tentar a nuestra suerte abrıendo la nevera del bar de la pıscına (que mal esta el servıcıo, te sıentas y no te ofrecen nada), y hemos vuelto a nuestros barrıos una vez recompuesta nuestra temperatura corporal.

Sıesta de manual en el parque, a lo homeless, e ınternet, en la que debe ser la ultıma entrada de este vıaje. Esperemos que Mr. Vuelıng me devuelva la maleta y no de mas oportunıdades a la lıteratura bloggera.

Hasta la proxıma trıbulacıon, topanıstas del mundo.

domingo, 29 de agosto de 2010

Ataque nuclear en Konya


Viendo cómo se quedan las calles de esta populosa ciudad, con su tranvía soviético setentero, uno se hace la idea de cómo debe ser un ataque nuclear. Todo el mundo contando los minutos y segundos, ante su plato de ensalada y sus canapés. Los restaurantes abarrotados, las tiendas cerrando, las panaderías no dan abasto sacando adelante a cuatro manos su producción de pidesi, las pizzas locales. El fin del mundo, vamos.
Por fin, como en Trabzon, el cantaor de turno se arranca por soleares, megáfono en minarete, y se desata la euforia gastronómica. Todo vuelve a funcionar, como con el tres en uno. Nuestro entrañable tranvía vuelve a llenarse de gente para transportarla a la otogar, a catorce kilómetros del centro. Esto sí que es planificar el crecimiento de una ciudad, y lo demás improvisación.

No hay mucho más que contar, hoy ha sido una jornada de transición. Hemos salido a duras penas de Irhala, al vernos incapacer de renunciar a nuestro desayuno de cada día y no poder tomar el primer autobus hacia Aksaray. Y por la tarde apenas hemos contemplado el espectáculo habitual del fin del mundo, el calor pesa a la que bajamos de altitud en estos pagos.

Mañana, haremos algo más de tiempo hasta dirigirnos al aeropuerto, de vuelta a casa. Esperemos que el ataque nuclear no nos dé más dificultades de las habituales.

sábado, 28 de agosto de 2010

Down in the river


Pepi, te lo dije, fue una mala idea poner el tresillo en el jardín. Sabía que a la que nuestra vecina Manolita se pusiera a regar los geranios, se liaría una así. Mira cómo nos ha dejado la terraza, a ver cómo quitamos estas humedades. Y ya me explicarás, los muebles de IKEA no nos llegan ni a Navidad, a ver quien se los trae desde Ankara en el dolmush, como si fuera tan fácil.

El cañón de Ihrala es como el del Colorado pero algo más civilizados, con su alfombra de césped, sus papeleras, sus salones de té, aunque a alguna se le haya ido la mano buscando el frescor de las aguas. Una delicia turca, en medio del páramo que ya hemos relatado varias veces. Algo con clase, vaya, donde tienes que abonar la preceptiva entrada, ineludible si no tienes habilidades caprinas para saltarse el puesto de control, justo pasado el puente de la carretera que lleva a Aksaray. Resulta chocante pagar para entrar en el campo, no sé adónde vamos a llegar con esto de la integración europea en Turquía.
A medio camino, hemos devorado el ya tradicional melón, rodeados por la compañía municipal de patos, en su hora de descanso. Está todo previsto y calculado, usted se sentirá con un pequeño Pachá en los salones instalados a ras de agua, degustando uno de esos desconocidos vinos capadocios, a 20 euros la botella.
Río arriba, hemos seguido con el inventario de iglesias devastadas por la gravedad, en un recuento sin fin de fachadas desplomadas y de frescos en fase de descomposición. Seguro que quien se dedicaba a robarles el rostro a todos los ángeles y querubines del cielo, ni siquiera había pagados las cinco liras al cowboy que protegía el flanco norte, qué desastre.

Ya en Ihrala, en lo que viene siendo el donwtown, nos hemos dado un pequeño homenaje truchero. Nos lo merecíamos después de haber concluído otra etapa de montaña, y río, claro. Mañana, camino de Konya, día de transición, penúltimo en nuestro periplo.

viernes, 27 de agosto de 2010

Viaje al fondo de la tierra


Queridos topanistas, estos días nos estamos prodigando en el arte de la espeleología, visitando los mundos que construyeron los trogloditas. Casas, iglesias, pasadizos secretos, ciudades enteras bajo las montañas de arenisca blanca, roja y rosa. Ahora, el inframundo ya no es lo que era, usted se puede encontrar con verdaderas marabuntas intentando comprobar si era cierto que cabían diez mil en aquella cueva de varios pisos, tal y como asegura el folleto correspondiente y la agencia de viajes que le ha vendido el maravilloso tour por la Capadocia.
Como si de una prueba de carga se tratara, los intrépidos turistas se concentran en las salas que los concienzudos trogloditas fueron excavando durante años, claro, a su altura y semejanza. El turismo nórdico lo pasa verdaderamente mal, en tanto que el japonés siente más a su medida el enjambre de pasadizos que comunican las diferente plantas del hormiguero que hemos visitado hoy.

La etapa de hoy ha sido una prueba de nervios, no era fácil esperar que la delegación americana pasara totalmente para volver a la superficie por el mismo pasillo, angosto hasta decir basta. Una prueba más de que nuestro queridos trogloditas estaban perfectamente civilizados y tenía los nervios de acero.

Por la tarde, en un largo esprint final, hemos llegado a ver la última puesta de sol en Göreme en nuestra terraza, acompañados irremediablemente por una Efes, tras habernos abierto camino por otras maravillas trogloditas, como puede apreciarse en la foto. Mañana, nos dirigimos hacia Ihrala, un poco más cerca del fin del viaje, al fondo de la tierra o simplemente de las vacaciones.

jueves, 26 de agosto de 2010

Grapefruit en el Jardín del Edén


Si buscais en el séptimo libro de Mustafá, en la última entrada, com si fuera un bíblico blog, podréis leer la entrada del día de hoy:
"Nunca en la vida hubieramos podido imaginar comer un pomelo como este, tan bueno y generoso como tú y los valles en los que vives. Ojalá se mantenga todo así diez mil años más, por lo menos".

Como en el Monte Ararat, nos hicimos cargo rápidamente de la leyenda. Lo peor que le podía pasar a Adán, hace esos miles de años, es que le expulsaran de ese jardín de caminos que se bifurcan, como dirían aquel, a vagar por el erial polvoriento que se extiende lejos de las huertas y las recónditas cuevas de los valles de Göreme. El Edén era tan sencillo como eso, una huerta llena de manzanos y viñas, de membrillos y moras, al alcance de la mano, y lo demás, el mundo exterior, el páramo inhóspito.
Por suerte no nos perdimos ni quedamos los suficientemente anodados como para no encontrar el final de nuestra ruta, a pesar de las colmenas labradas en la piedra de arenisca ni las torres coronadas por huevos prehistóricos, como diría el otro.

Allí estaba Mustafá, que debe de formar parte ya del paisaje, regentando su camping para turistas low cost con familia, a las afueras de Las Ramblas capadócicas en las que se ha convertido el centro de Göreme. Nos hizo firmar en su libro de visitas, como el ángel que guarda el jardín, y nos agasajó con los mejores pomelos que podíamos comer. Los del Edén, por supuesto.

Mañana, seguimos de visita en el Neolítico, nos quedan demasiados rincones como para marcharnos.