sábado, 25 de mayo de 2013

Cambio de planes

Después de dos días de pesquisas, de interrogatorios sobre lo humano y lo divino, y el porqué de las cosas en los confines de la galaxia, el equipo evaluador pone su despertador bien temprano. Se niega a asistir al festival de música que sacude la ciudad, en aras de dosificar las fuerzas que harán falta para atravesar la llanura.
Suena el despertador, la ducha nos acaba de despertar y a la hora convenida degustamos un té, cuando ni el tío Bob está todavía en el cuadro de la entrada.

- No han traído el coche que pedimos, así no podemos irnos. Voy a hablar con el logista a ver si en una hora lo solucionamos.

La llamada de teléfono nos pone en clave topanista, sabiendo que nos enfrentamos al clásico madrugón con retorno a la cama. A las ocho se confirma y cada uno se da la vuelta en su cama.

Maputo nos cambia una mañana de traqueteo y polvo, por otra de desayuno tranquilo, paseo y compra de víveres en el mercado. ¿Cómo saldrán los espaguetis que identificamos como menú de campaña? La lectura de inacabables informes y un encuentro con la gente del barrio (el de allá), nos entretiene hasta la hora de la comida. Por la tarde, sesión de interrogatorios con otros testigos, con los que los dos detectives cooperantes acaban tomándose la última cerveza antes de ir a cenar.

Mañana nuevo intento de abandonar la nave.

miércoles, 22 de mayo de 2013

Evaluators

- Issa é a equipa d'avaluaçao.

Así nos presentan a la compañera de expedición topanista y a un servidor, ante la pléyades de cooperantes y oriundos, a lo largo de la sede con piscina de la ONG. Atrás queda el remozado aeropuerto, sin controles ni preguntas absurdas sobre las oscuras intenciones que nos traen al país. Un sello, una sonrisa protocolaria, la maleta y a correr por Mozambique.
Antes, nos instalamos en Fatima's Place, de la cadena de establecimientos de la secta mochilera, con su retrato del tío Bob haciendo maravillas con las manos, y pizarras de muchos colores anunciando el menú de la semana y las excursiones para turistas con pocas ganas de abandonar la nave nodriza.

Adormecidos por el ruido de la cascada en la piscina olvidada, empezamos a evaluar. Un tercer grado en toda regla contra nuestra anfitriona, para responder a algunas de las preguntas apuntadas en una libreta durante 6 horas a miles de metros sobre el nivel del mar. Después de la sopa de legumes y la primera Laurentina en el parque, se une el oficial WASH, de Córdoba, aunque parezca extranjero.

- Estaría bien que hablarais también con el HPM.

Pronto nos aclaran que no es ningún tipo de impresora, sino una persona. Seguimos con nuestra lista de sospechosos habituales, a la par que trazamos un mapa sobre la sabana mozambicana, casi en Zimbawe, y administramos nuestros días.

- Habrá que comprar galletas y esas cosas. Por allí no hay comida.

Está bien la aclaración, mientras cenamos en el restaurante local, dotado de sillones que ya quisiera cualquiera para su oficina, y volvemos a Fatima's a degustar una 2M rodeados de los acólitos de Bob, antes de dormir, para igualar la balanza cervecera.

martes, 21 de mayo de 2013

Fly me to the (half) moon

De nuevo en el aire. Silencio, se rueda. Breve entrada para dar comienzo a la nueva serie topanista, esta vez por los caminos polvoriento del África austral.

El mundo cambia, sin embargo, y en vez de hacer el preceptivo trasbordo en Frankfurt o Londres, la caravana se dirige a oriente. Empezó con un Fly me to the moon zíngaro, apuntando el trayecto, interrumpido por un señor de marrón con chaleco amarillo y porra, que hacía que no veía a los tres jazz men rodeados de maletas. Y la luna se ha convertido en media, en medio del Golfo Pérsico, probablemente en el desplazamiento por pista, entre avión y terminal, más largo jamás contado. Yakashumi y su colega se han bajado en la primera parada, después de 10 minutos por el desierto de Arabia, y si no es por la pareja de cirujanas niponas que han gritado su nombre a través de esa máscara, que no se han quitado en 6500 millas ni para beberse un vaso de agua, se quedan en Doha.

Pues nada, aprovechando el wi-fi petrolero, damos por comenzada la serie. Laslo se desliza con su permiso  bajo la manta de Qatar Airways (muy fea, no vale la pena meterla disimuladamente en la mochila), Océano Índico hacia el sur.

martes, 19 de marzo de 2013

Inmersión jurásica

Alto. Tiempo. Nos merecemos un descanso, es sábado, también en el far-west. Averiguamos cuál es el atractivo turístico más cercano al Coca, negociamos con un flamante taxi 4x4 (que igual nos toma el pelo) y para allá nos vamos. Con nuestro bañador en la mochila de las excursiones, nos presentamos en la puerta del parque jurásico local. Una enorme puerta, jalonada con dos torres inspiradas en la arquitectura indígena popular, nos da la bienvenida. Nos adentramos en el bosque antediluvianos, apocados por las dimensiones de la floresta.

La comunidad ha instalado un emprendimiento de turismo, de esos donde no hay carta porque sólo hay un plato y una bebida. Al fondo está la casacada, solitaria, donde nos sumergimos. Aceptamos espuma de materia orgánica de la selva flotando en la superficie en la amplia definición de aguas prístinas, después de haber removido toneladas de chapapote no nos vamos a poner finos. Por supuesto, justo cuando nos metemos en el agua, llega toda la barra local, con sus meriendas, que despliegan al lado del cartel que reza "Prohibido bajas comida a la cascada".

Una vez refrescados, disfrutamos esa tilapia sudadita, que no es otra cosa que pescado al papillot, versión local. Nos abstraemos del sonido ronco y continuo del generador eléctrico a diesel, que tampoco se siente interpelado por el cartel de "No hagan ruido, disfruten de la tranquilidad de la naturaleza" que hay justo a la entrada. Decidimos volver, deshaciendo el camino de ripio.

En el cruce con la carretera, donde se supone que tenemos que tomar el bus que nos devuelva al Coca, nos encontramos a una paisana que nos informa sobre la situación logística:

- El próximo pasa a las 17.00h. Pero se pueden venir en taxi conmigo.

Nos ponemos en mode paciencia, esperando ese taxi. Al rato viene, como una aparición mariana, y subimos a él justo antes de que se reanude el diluvio del día anterior. Nos da tiempo de llegar a la ciudad y abordar la última entrevista, desde el puente viejo y a golpe de cumbia, gracias al festival folclórico con el que el Coca parece querer decirnos adiós.

Mañana volvemos a la capital, con una buena colección de imágenes y palabras en la maleta.

lunes, 18 de marzo de 2013

Chapapote on my mind

El rodaje se acerca a su fin. Hoy, cita con el chapapote amazónico. Quizás debiéramos decir monzónico, porque a las primeras de cambio el cielo cae sobre nosotros. Nos adentramos en la espesura selvática, luchando contra el barro y nuestra botas de hule, que se quedan clavadas a cada paso. Se huele la epopeya, avanzamos difícilmente, las lianas nos miran mal y recibimos ataques de todo tipo de pinchos e insectos.
Por fin llegamos al punto donde meses atrás se produjo el derrame de crudo:

-¿Sienten el olor? Lástima que el tufo a petróleo no se pueda filmar. Desafortunadamente, toda esta agua ya se ha encargado de limpiar, aunque aún quedan restos.

Efectivamente, ya sólo se ven ligeramente los restos del crimen, pero el cadáver ha sido levantado y a penas quedan evidencias. Los cámaras luchan contra la lluvia y se revuelven en sus chubasqueros para no perder el equipo en esta última batalla.
De regreso, aprovechamos uno de esos mecheros que calientan la inmensidad para secar algo nuestra ropa, y continuamos camino adelante. Una sopa de gallina criolla nos espera en casa de la mamá doña Ovidia, nuestro sherpa en esta travesía, impasible a la lluvia y a los toboganes de lodo.
Más adelante, la seguridad petrolera no pierde el tiempo y nos expulsa del medio de la carretera, no vaya a ser que filmemos demasiado los tubos que conducen el petróleo y se rompan. Y para acabar el toxitour, Don Aveiga nos cuenta en su finca qué pasa cuando durante 19 años riegan con petróleo tu finca. Ahora tiene una fuente por donde mana un chapapote, que sólo le sirve para que cada vez le duela la cabeza más a él y a su familia, además de acabar con todas sus gallinas.

Cuando alguien les ofrezca 8 dólares por explotar veinte años su finca sacando petróleo, desconfíe. Probablemente no sea trigo limpio, ni lo vaya a limpiar nunca.