martes, 21 de mayo de 2013

Fly me to the (half) moon

De nuevo en el aire. Silencio, se rueda. Breve entrada para dar comienzo a la nueva serie topanista, esta vez por los caminos polvoriento del África austral.

El mundo cambia, sin embargo, y en vez de hacer el preceptivo trasbordo en Frankfurt o Londres, la caravana se dirige a oriente. Empezó con un Fly me to the moon zíngaro, apuntando el trayecto, interrumpido por un señor de marrón con chaleco amarillo y porra, que hacía que no veía a los tres jazz men rodeados de maletas. Y la luna se ha convertido en media, en medio del Golfo Pérsico, probablemente en el desplazamiento por pista, entre avión y terminal, más largo jamás contado. Yakashumi y su colega se han bajado en la primera parada, después de 10 minutos por el desierto de Arabia, y si no es por la pareja de cirujanas niponas que han gritado su nombre a través de esa máscara, que no se han quitado en 6500 millas ni para beberse un vaso de agua, se quedan en Doha.

Pues nada, aprovechando el wi-fi petrolero, damos por comenzada la serie. Laslo se desliza con su permiso  bajo la manta de Qatar Airways (muy fea, no vale la pena meterla disimuladamente en la mochila), Océano Índico hacia el sur.

martes, 19 de marzo de 2013

Inmersión jurásica

Alto. Tiempo. Nos merecemos un descanso, es sábado, también en el far-west. Averiguamos cuál es el atractivo turístico más cercano al Coca, negociamos con un flamante taxi 4x4 (que igual nos toma el pelo) y para allá nos vamos. Con nuestro bañador en la mochila de las excursiones, nos presentamos en la puerta del parque jurásico local. Una enorme puerta, jalonada con dos torres inspiradas en la arquitectura indígena popular, nos da la bienvenida. Nos adentramos en el bosque antediluvianos, apocados por las dimensiones de la floresta.

La comunidad ha instalado un emprendimiento de turismo, de esos donde no hay carta porque sólo hay un plato y una bebida. Al fondo está la casacada, solitaria, donde nos sumergimos. Aceptamos espuma de materia orgánica de la selva flotando en la superficie en la amplia definición de aguas prístinas, después de haber removido toneladas de chapapote no nos vamos a poner finos. Por supuesto, justo cuando nos metemos en el agua, llega toda la barra local, con sus meriendas, que despliegan al lado del cartel que reza "Prohibido bajas comida a la cascada".

Una vez refrescados, disfrutamos esa tilapia sudadita, que no es otra cosa que pescado al papillot, versión local. Nos abstraemos del sonido ronco y continuo del generador eléctrico a diesel, que tampoco se siente interpelado por el cartel de "No hagan ruido, disfruten de la tranquilidad de la naturaleza" que hay justo a la entrada. Decidimos volver, deshaciendo el camino de ripio.

En el cruce con la carretera, donde se supone que tenemos que tomar el bus que nos devuelva al Coca, nos encontramos a una paisana que nos informa sobre la situación logística:

- El próximo pasa a las 17.00h. Pero se pueden venir en taxi conmigo.

Nos ponemos en mode paciencia, esperando ese taxi. Al rato viene, como una aparición mariana, y subimos a él justo antes de que se reanude el diluvio del día anterior. Nos da tiempo de llegar a la ciudad y abordar la última entrevista, desde el puente viejo y a golpe de cumbia, gracias al festival folclórico con el que el Coca parece querer decirnos adiós.

Mañana volvemos a la capital, con una buena colección de imágenes y palabras en la maleta.

lunes, 18 de marzo de 2013

Chapapote on my mind

El rodaje se acerca a su fin. Hoy, cita con el chapapote amazónico. Quizás debiéramos decir monzónico, porque a las primeras de cambio el cielo cae sobre nosotros. Nos adentramos en la espesura selvática, luchando contra el barro y nuestra botas de hule, que se quedan clavadas a cada paso. Se huele la epopeya, avanzamos difícilmente, las lianas nos miran mal y recibimos ataques de todo tipo de pinchos e insectos.
Por fin llegamos al punto donde meses atrás se produjo el derrame de crudo:

-¿Sienten el olor? Lástima que el tufo a petróleo no se pueda filmar. Desafortunadamente, toda esta agua ya se ha encargado de limpiar, aunque aún quedan restos.

Efectivamente, ya sólo se ven ligeramente los restos del crimen, pero el cadáver ha sido levantado y a penas quedan evidencias. Los cámaras luchan contra la lluvia y se revuelven en sus chubasqueros para no perder el equipo en esta última batalla.
De regreso, aprovechamos uno de esos mecheros que calientan la inmensidad para secar algo nuestra ropa, y continuamos camino adelante. Una sopa de gallina criolla nos espera en casa de la mamá doña Ovidia, nuestro sherpa en esta travesía, impasible a la lluvia y a los toboganes de lodo.
Más adelante, la seguridad petrolera no pierde el tiempo y nos expulsa del medio de la carretera, no vaya a ser que filmemos demasiado los tubos que conducen el petróleo y se rompan. Y para acabar el toxitour, Don Aveiga nos cuenta en su finca qué pasa cuando durante 19 años riegan con petróleo tu finca. Ahora tiene una fuente por donde mana un chapapote, que sólo le sirve para que cada vez le duela la cabeza más a él y a su familia, además de acabar con todas sus gallinas.

Cuando alguien les ofrezca 8 dólares por explotar veinte años su finca sacando petróleo, desconfíe. Probablemente no sea trigo limpio, ni lo vaya a limpiar nunca.

sábado, 16 de marzo de 2013

¡Hágase la luz!

Con la grata compañía de nuestro querido aspirante a asambleísta, abordamos la deslizadora rumbo a las comunidades, río abajo. Una hora de derrapes, troncos desafiantes, gabarras multicolores acarreando camiones y ensenadas escondidas bajo las aguas del río Napo, y llegamos a Indillama. Allí dejamos los equipos eléctricos que faltan para culminar la buena obra del día: llevar la luz a la escuelita para que los cachorros aprendan computación. No va a ser el último grito en la materia, porque las computadoras hace tres años que esperan a que les llegue un amperio que echarse a la conexión, pero algo es algo.

Mientras el comando chispas acaba los últimos detalles, nos deleitamos con un viaje por las comunidades aledañas, donde visitamos los proyectos de turismo comunitario:

- ¿Y cómo se vive mejor, compañero, con el turismo o con la agricultura?

Pregunta absurda de documental de National Geographic o, pero aún, de Españoles por el Mundo. La tiendita de artesanías va viento en popa y los turistas vienen en masa desde allende los mares a ver cómo bailan danzas olvidadas o los guacamayos devorar la sal de las montañas. En el poblado, observamos las evoluciones del equipo local de balompié, en la liga escolar. Hay que mejorar ahí, habrá que pensar en algún proyecto de cooperación deportiva con algún equipo de barrio de por allí.

De vuelta, Dani nos espera, con su tubo eléctrico corrugado por diadema, como si fuera un rito de fertilidad voltaica. Ducho en las artes del coco, nos pela unos cuantos ejemplares para saciar nuestra sed y engañar nuestro estómago, hasta que lleguemos al Coca.

- ¿Nos vamos? - dice nuestro protoasambleista-
- No, antes hay que filmar cómo se enciende la luz.

Afortunadamente, la escena de la bombilla iluminando nos hace comprobar que la instalación estaba defectuosas y puede ser enmendado el fallo antes de partir. El séptimo arte ha vuelto a evitar una misión topanista de la cooperación.

Mañana, toxitour: un viaje al reino del chapapote amazónico y sus efectos.

viernes, 15 de marzo de 2013

¿Me das fuego?

La próxima vez que apague usted la bombona de butano en su casa durante el rigurso invierno boreals, en un sacrificado acto de ahorro energético, acuérdese de los mecheros petroleros en el Coca. Quema y queman durante horas, emitiendo rugidos antediluvianos, como los gases con los que se alimentan. Si gusta, puede hacerse una barbacoa o acabar de derretirse juntando su efecto con el del sol ecuatorial, que deja ya en nosotros un moreno paleta perfectamente perfilado por nuestras camisetas.

Los testimonios y los detectores de nuestros monitoreadores, uniformados de riguroso jean de tupido algodón, confirman los peligros de tener un pequeño averno de esta calaña al lado de casa, como lo sufren los habitantes de estos pagos. O un pasivo ambiental, que traducido a lengua romance significa algo así como "la cantidad de mierda que nos dejó enterrada la última empresa que estuvo por aquí". Así nos lo confirma una transeúnte que pasea entre mecheros y pasivos con su pamela y su perrito, comiéndose una guayaba, y que toda decidida nos toma de la mano hasta el interior del campo petrolero.¿Quién teme a guardias y carteles con este panorama?

Mañana, viaje al corazón de la selva, a descubrir las bondades de la energía renovable.