sábado, 29 de diciembre de 2012

A la teva cova o a la meva?

Ramon de Vallbona va aspirar la seva cigarreta i es va quedar mirant la dona que jeia al seu costat:
- Petronila, això no por continuar així.
- I per què, Ramon?
- Perquè se suposa que som eremites, que hem vingut aquí a fer vida contemplativa i a buscar el perquè de tot plegat.
- I que no ho estem fent ja?
- Ja et dic jo que al final algú s'anirà de la llengua i tindrem merdé, no es pot ser tan modern.

L'endemà, en Ramon va reunir homes i dones eremites, i com a guia espiritual de la vall i de tots aquells que havien consagrat la seva vida a l'amor universal entre l'espècie humana, i a la reflexió sobre el sentit de la vida, l'humà i el diví, els comunicà la visió que havia tingut la nit anterior, després de la darrera cigarreta:

- Ens hem de separar. Les dones es quedaran aquí, guardant aquest indret, i els homes anirem cap el sud, buscant un lloc més segur. Aviat sabran a Roma que hem trobat la felicitat i no hi haurà coves per a tothom. Podrem tornar, però d'amagat. Fundarem un monestir, per guardar les aparences, i ja tornarem quan s'escaigui.

Ningú va entendre res, però si ho deia en Ramon, per alguna cosa seria. Van passar la darrera nit d'intercanvi de coves i l'endemà van marxar. Als dos anys d'esperar-los i no rebre resposta a les seves missives, Petronila i companyia van decidir fer el seu monestir, fartes del Ramon, les seves visions i els seus remordiments. I fins a la data, la mala llet i el mal rotllo ha arribat fins avui en dia, monjos i monges ja ni es toquen, alguns ni es parlen, acollits als vots de silenci.

De Vallbona i Tàrrega, amb els seus vins i pastissos russos, ens dirigim cap a Calatayud, a sopar la versió aragonesa de l'esqueixada que veieu a la foto, i d'altres delicatessen locals. Quan veiem el compte, ens demanem si no estem essent víctimes d'una estafa contínua a casa, si no quedarà disponible cap cova per on voltaven en Ramon i na Petronila per instal·lar-s'hi i arribar a fi de mes.

sábado, 8 de diciembre de 2012

El final de la escapada

Por el bosque deambulan unos hombrecillos, acompañados de su prole, pertrechados con jergones de última generación. Se les distingue entre la espesura por los vivos colores de sus atuendos, bien diferentes a las divisas indígenas, y por sus trenzas que nunca conocieron la dictadura del peine. Se cuelgan de las rocas de color rojo, con las manos embadurnadas de un polvo mágico de color blanco, y a mitad de ellas se dejan caer sobre esos colchones, convenientemente depositados a los pies de su ascensión. Lo intentan en todas las posiciones, hablan con las piedras, las miran, se conjuran contra el frío que deja ateridas sus manos. Algunos incluso firman ese reptar por las hendiduras de las moles de granito, llenando la tarjeta de memoria de batacazos en todas las posturas y desde todos las alturas posibles.
Suponemos que es un ritual, repetido hasta entrar en trance (quizás por los golpes en la cabeza), incomprendido para los no iniciados. Seguramente se ha conservado entre el follaje desde tiempos inmemoriales, transmitido de padres a hijos para sobrevivir en medio de las esbeltas coníferas y ausente a las miradas de los turistas buscadores de otros restos del pasado.

- Estoy seguro de que es por allí. 

El grupo sigue al guía, experto conocedor de estas selvas serranas. A la media hora de ascensión, donde debería haber un frondoso valle, encontramos un páramo. Gracias a los satélites que cruzan el cielo, no cunde el desánimo, y, afortunadamente, las líneas eléctricas nos devuelven a la civilización, regalándonos un hermoso atardecer con Albarracín al fondo, absortos por la demostración artística de nuestros antepasados neolíticos. 

miércoles, 21 de noviembre de 2012

De nou al fred

Família, no us atabalo més. Simplement us passo l'àlbum de fotos de la darrera missió topanista, per a que veieu món des de casa vostra, anant en metro o dissimulant a l'oficina.


Fins a la propera.


sábado, 17 de noviembre de 2012

¿Compras o patinas?

¡Qué bien estar en la civilización de nuevo! Con sus atascos, su ajetreo, sus centros comerciales repletos de cosas imprescindibles para la vida moderna. ¿Qué harían los salvadoreños si, en un ataque de furia tropical, no pudieran irse rápidamente a patinar sobre hielo? La civilización prevé todos estos pequeños detalles que hacen que la vida merezca la pena. ¿Cómo harán en esas comunidades, colgadas en las montañas, si poder calzarse los patines? ¿Cómo liberarán su stress consumista?¿Será que tienen un problema genético de equilibrio y por eso no vienen?
Todas estas preguntas se hacen nuestras queridas amigas de telenovela, mientras devoran dulces en la boulangerie de moda, a escondidas de su esteticien,  y vigilan a sus hijas mientras se deslizan por el hielo, bajo la enorme cúpula del centro comercial. Los elegidos para la vida moderna pasan una plácida tarde más.

A fuera, otros hemos concluido las últimas reuniones de esta misión topanista. Nuestra querida viceministra no pudo venir y nos mandó a un ayudante con las señas del encuentro, por toda información, mientras que nuestro estimado viceministro lanzó el discurso nº327, especial para cooperantes sin blanca buscando cómo sobrevivir, contó los chistes nº24 y nº37 (combinan ciertamente bien con el citado discurso), se lavó las manos y se retiro hacia la siguiente reunión.

En un formato algo más prosaico que la pista de hielo para alumnos del Licée Français, nos servimos los últimos tragos antes de despedirnos de los camaradas. Hasta pronto, ¡fue un placer volver a verles!

Y ustedes, queridos lectores, hasta la próxima gira.

viernes, 16 de noviembre de 2012

Un cuento granadino

En esa estancia, llena de cachibaches de cualquier época, chocoyos que gritan, hamacas que se mecen solas, fotos de mejores tiempos y cuadros que repasan la historia familiar, se cuecen a fuego lento los cuentos que tanto nos gustan oir a nuestros mayores y descubrir a nuestros pequeños. Los granadinos cuecen a fuego lento sus ocurrencias y su chismes, impregnados de un aroma a tanino de roble y alcohol de caña, y luego van pasando de mano en mano hasta convertirse en el relato verdadero de sus vidas, que gustan desgranar en largas y perezosas mañanas como ayer.
Si no hubiera tenido que regresar al campamento base en Managua, allí estaría todavía oyendo hasta el último cuento que recordaran mis queridos anfitriones. Tantos años sin vernos dan para mucho y un día es poco para actualizarse, y ver los escasos cambios de la antigua capital nicaragüense. Hasta la mamá, ya centenaria y con el oído recuperado para hablar conmigo, sigue en su mecedora de la isla del lago, esperando coqueta que llegue el día en que su doctor cubano de ojos azules le pase consulta.

Gabo no se inventó nada, seguro que tenía unos amigos como los míos por su tierra, de los que aprendió todo lo que nos contó en sus libros. Un día me animaré a contarles la historia de Chico Largo, el alma en pena que guardaba una vasija llena de doblones de oro en los campos de maíz de la isla de Ometepe, y que sólo se le aparecía a uno la noche de Viernes Santo si una flor de malinche caía al suelo ante nosotros.

Si no me creen tómense un roncito más.